Una de mis lecturas de verano ha sido un libro que va camino de convertirse en un clásico: El Cisne Negro (The Black Swan) de Nassim Nicholas Taleb. Supongo que,  en un análisis superficial, uno tendería a colocarlo en las secciones de finanzas, economía o estadística –como lo compré en Amazon, confieso que no tuve que contrastar esta impresión con el criterio de ningún librero- pero su autor preferiría encontrárselo en los estantes de filosofía, de epistemología, para ser más exactos, y de epistemología del riesgo.

La tesis central de Taleb, que ya ha expuesto en otras obras como Fooled by Randomness (creo que en español se titula Las Trampas del Azar) es que convivimos bastante mal con los eventos altamente improbables –los “cisnes negros” del título-. Por algún motivo relacionado con nuestra necesidad imperiosa de estabilidad y de conocer las cosas de modo manejable, tendemos a confiar en exceso en modelos muy imperfectos de la realidad. Las cosas suelen suceder de modo normal y bastante previsible, digamos en un 99% de los casos; el problema es que el 0,01% restante de las veces ocurren eventos que pueden alterar dramáticamente el panorama. Muy a menudo, ocurre que nuestros modelos de la realidad –hablo de ciencias sociales- capturan ese 99% “normal”, dejando fuera el 0,01% por aquello de que, total, ocurre poco a menudo. Sí, pero en ese 0,01% están el 11-S, el crash bursátil de 1987 o la caída del fondo Long Term Capital Management.

Taleb viene a decir (bueno, dice) que la economía matemática y las finanzas altamente matematizadas –es decir, las ciencias sociales que, por alguna inexplicable crisis de identidad, quieren parecerse a la física- son engañosas, simples placebos frente a la incertidumbre. No es ya que los complejos aparatos técnico-matemáticos no proporcionen un mejor conocimiento de la realidad es que, de hecho, son malos para la salud y no dejan funcionar al sentido común o a otras posibles herramientas de conocimiento.

Viene esto a cuento de que también han formado parte de mis lecturas de verano –ya menos placenteras- las nuevas normas europeas sobre capital, es decir, la transposición de Basilea III (para los curiosos: el Reglamento (UE) 575/2013 y la Directiva 2013/36/UE). A la vista de los textos, es difícil no tener presentes las advertencias de Taleb. Cientos de páginas de regulación altamente “científica” –ilegible para los no iniciados, tan “científica” como la materia que pretende regular- para tratar, al fin y al cabo, de un concepto bastante grueso y, desde luego, solo muy parcialmente cuantitativo: la solvencia bancaria.

Es muy curioso porque la regulación bancaria es un típico caso de “protección al 99%”. En un 99% de los casos, un banco que cumpla todas las reglas no quebrará en un horizonte temporal determinado pero… las crisis financieras han demostrado ser eventos de los del 0,01% (por cierto, lo del “cisne negro” es una imagen elegante, pero hay cisnes negros bastante ordinarios… véanse precedentes patrios). Conviene tener presente, por tanto, que existe una probabilidad indeterminable de que nuestra complejísima regulación –más compleja a cada crisis- sea perfectamente inútil la próxima vez. Porque, claro, como no puede ser de otra manera, la regulación financiera está perfectamente adaptada a los eventos que ya han sucedido.

Financieros, economistas y juristas hemos logrado construir un aparato normativo que no participa de ninguna de las características ideales de la ley: no es sencillo, ni estable, ni susceptible de discusión en foros no expertos. Se dirá, con razón, que tampoco las normas sobre medicamentos pueden discutirse fuera de foros expertos. El problema es que la solvencia de los bancos y los efectos de los medicamentos no pertenecen a la misma especie: el segundo es un problema puramente técnico-sanitario, el primero es un problema económico-social.

Hemos asimilado automáticamente que “más complejo” es lo mismo que “mejor”. Diga lo que diga la Comisión Europea, “mejor” regulación es siempre sinónimo de “más” regulación. Y no es del todo evidente que eso sea correcto. ¿Es casual que la crisis financiera más violenta en casi 100 años haya coincidido con el mayor nivel de complejidad técnica del marco regulatorio jamás visto? Bueno, pues hay quien piensa todavía que ese marco es “insuficientemente sofisticado”.

Y a todo esto, seguimos sin estar preparados para los cisnes negros.