Cuando Shylock reclama el cumplimiento de su pacto con Antonio (por cierto, la palabra inglesa para la promesa del cristiano al judío es “bond”, la misma empleada para lo que en español llamamos “bonos”, y es que las deudas son promesas), su falta de caridad causa espanto a los magistrados de Venecia (Shakespeare, hijo de su tiempo, reprocha al judío su rigor, pero nada tiene que decir de la mala cabeza del cristiano), pero la inteligencia de Porcia solventa la situación con las mismas armas del demandante: que se atenga a la literalidad del pacto y se cobre su libra de carne, pero guardándose de derramar una gota de sangre. No apela, pues, a sus buenos sentimientos, sino a la letra del acuerdo.

Una de las múltiples moralejas del Mercader de Venecia es que una república de comerciantes (por extensión, cualquier Estado que funde su prosperidad en una actividad económica fundamentalmente privada) no se puede permitir el lujo de desconocer sus contratos, por rigurosos que estos sean, porque eso sería el principio de su ruina (la propia de Venecia sobrevino por razones no ajenas al abandono de sus principios rectores).

Cuando los codificadores decimonónicos continentales abordaron la ley del contrato decidieron que, por encima de otras consideraciones, su compromiso con la libertad individual exigía que solo hubiera contrato cuando existiera voluntad real de contratar, de modo que nadie quedara ligado por vínculos no elegidos. Los ingleses, por el contrario, fueron siempre mucho más fieles a lo que nos enseñaron los romanos: la apariencia externa de la existencia de contrato crea una presunción objetiva que solo puede destruirse en casos muy excepcionales.

La tensión entre subjetividad y objetividad, entre libertad y seguridad jurídica, es un debate histórico intelectualmente apasionante y, sobre todo (ya saben que en estos tiempos parece de mal gusto plantear cuestiones teóricas, hay que buscar siempre un ángulo práctico), extremadamente trascendente para las relaciones económicas.

Shakespeare

"La tensión entre subjetividad y objetividad, entre libertad y seguridad jurídica, es un debate histórico intelectualmente apasionante (...)".

Los poderes públicos y los operadores económicos reclaman sin cesar la vuelta del crédito en España, con el contundente argumento de que sin él será difícil una recuperación. Pero, al tiempo, nos felicitamos por las sentencias judiciales que “ponen las cosas en su sitio” y por las numerosas “conquistas” en forma de reglas excepcionales sobre los contratos bancarios. Nos parece estupendo que se eliminen las cláusulas suelo o que los suscriptores de preferentes consigan eludir los rigores de la ley sobre rescates bancarios (esa que intenta que no recaiga todo el esfuerzo sobre el contribuyente). Entiéndaseme bien, no abogo porque los estafadores puedan llevarse su botín ni por dar carta de naturaleza al engaño o cosas por el estilo. Tan solo afirmo que conviene ser consecuentes con nuestras elecciones. Y creo que lo peor que podría pasarle a nuestra economía es que cuaje la idea de que aquí puede suceder cualquier cosa.

Los efectos para el tráfico nada tienen de teóricos. Una de las funciones básicas que desempeñamos los abogados es ayudar a nuestros clientes a conocer los riesgos a los que se enfrentan y a responder a preguntas del tipo “qué pasaría si”. Cuanto más crece la incertidumbre, el ámbito de las dudas aumenta y la seguridad de las respuestas disminuye. Por lo común, hasta cierto límite, la incertidumbre incrementa los costes de transacción (por ejemplo, si un banco vende un inmueble a un inversor sin estar en disposición de asegurarle que no se verá privado de su posesión por un acto normativo de una comunidad autónoma, el inversor reducirá el precio o exigirá que el banco se comprometa e recomprárselo llegado el caso). Más allá de ese límite, sencillamente, deja de haber transacciones (siguiendo con el ejemplo, el inversor renunciará a comprar).

Los efectos de la incertidumbre regulatoria y la proliferación de legislación reactiva y sentencias judiciales apartadas de los derroteros previsibles son ya claramente perceptibles en el día a día del sector bancario y sus aledaños. Los inversores deben empezar a preocuparse de cosas que consideraban estables y hoy son fuente de incertidumbre. No digo que eso sea bueno ni malo en sí, pero es un dato que no debe ignorarse.

Shakespeare muestra un Shylock odioso cuando lanza su anatema: “negadme mi indemnización y proclamaré que no hay justicia en Venecia”. Pero como Shakespeare nunca es obvio, también nos dice que Antonio era… un comerciante.