El sudor frío es lo que te pasa cuando, como conferenciante habitual sobre temas de Derecho y Negocios en América Latina, un asistente a tu ponencia te interpela así: “yo quería hacerle una pregunta sobre la seguridad jurídica en…”.

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Sobre seguridad jurídica y su importancia en el progreso de una sociedad y en la promoción y éxito de la inversión extranjera en ella se ha escrito mucho (uno, humildemente, en un capítulo aquí) y bueno (me gusta particularmente esto). Por eso, el objeto de esta primera entrada en nuestro apartado latinoamericano del blog no es profundizar en la sesuda disquisición teórica sino airear algunas ideas que inviten, al practicante del derecho y al promotor de un proyecto de inversión, a la reflexión sobre un tema recurrente en este contexto geográfico (dividido hoy, dicho sea de paso, por otra cordillera además de los Andes).

Primera idea: la seguridad jurídica en el mundo de los negocios es un valor individual y perecible. En otras palabras, de nada te sirve que te digan que un país está magníficamente colocado en los rankings de seguridad jurídica si a ti te expropian o no te dejan actualizar tarifas y no tienes acceso localmente a un remedio eficaz. O incluso, aunque sea más improbable, no necesariamente porque aquel país venga espantando a los inversores extranjeros con decisiones arbitrarias tu proyecto está necesariamente llamado al fracaso. Y, para colmo, nada será necesariamente igual para siempre. Otra cosa serán los costes de transacción asociados a la (previsible) falta de seguridad jurídica y quién los paga. Y otra cosa también si uno actúa diligentemente cuando pura y simplemente ignora la información que proporcionan los rankings y sus evidentes correlaciones (por ejemplo, ésta).

Segunda idea: la seguridad jurídica no es sólo una cuestión jurídica. Supongamos que tenemos leyes generales, claras y estables, cortes judiciales independientes y céleres, y administraciones públicas no invasivas ni extractivas. Supongamos incluso que, sometidas a un test de calidad, lo superan con nota. ¿Basta todo ello para asumir que en nuestro proyecto empresarial nos vamos a encontrar socios confiables (el socio local, ya se sabe: dos años pensando en él y el resto de tu vida en su madre), asesores eficientes (que practican precios razonables y dan consejos útiles e incluso, si posible, en plazo) y clientes o consumidores leales (que están dispuestos a pagar y reconocer diferenciales de mercado)? ¿Es suficiente la existencia de un adecuado clima legal en el país para presumir una cultura legal acorde en nuestros socios, asesores y clientes? Siempre me gustó la forma de exponer esta idea por parte de Carothers: “law is also a normative system that resides in the minds of the citizens of a society”. Igual es porque no todos saben inglés por lo que no todos nuestros stakeholders en según qué países van a tener instalada en sus mentes la definición de Carothers.

Tercera idea: los temas legales no lo son todo. ¡No me lo creo, publicado en el blog de un despacho de abogados! Vamos a explicarnos bien y que no se malinterprete: no hablo de prácticas alternativas, informales o heterodoxas, atajos ni de ningún otro de los sinónimos de la corrupción. Tolerancia cero con la corrupción, lacra lacerante. Miren el mapa si tienen dudas. Me refiero a que los temas legales (los específicos del proyecto y los generales de la jurisdicción[1]) son un input, pero sólo un input, de entre los muchos que hay que integrar en un plan de negocio, junto con la disponibilidad de recursos humanos, la fortaleza comercial, los costes y los márgenes, la competencia o el acceso a tecnología, innovación o financiación… En la ponderación del riesgo empresarial, el peso del riesgo legal (o, si se quiere, por evitar malentendidos, del riesgo regulatorio) debe ser analizado caso por caso y, si acaso, hasta despreciado (por el empresario, se entiende). Creo que en las primeras semanas de clase de los estudios de Derecho debería ser obligatorio ver y discutir unas cuantas películas, entre ellas The Social Network (en España, “La red social”): mi tesis es que si Zuckerberg hubiera tenido a su lado a un abogado nunca se hubiera visto en la tesitura de tener que indemnizar por valor de millones de dólares a los hermanos a los que robó su idea, pero también que si Zuckerberg hubiera tenido a su lado a un abogado nunca hubiera existido facebook.

Muchas veces les digo a mis clientes, medio en broma medio en serio, que no sé cuál es la fórmula del éxito de un proyecto en Brasil pero que sí sé un ingrediente que está en todas las fórmulas: la pasta (o sea, lo que en Brasil es la grana, en México la lana o en Argentina la guita). Pues déjenme que acabe con dos cosas que no garantizan el éxito de un proyecto empresarial en América Latina pero que sí vemos retrospectivamente en (casi) todos los mejor sucedidos: planificación y, como diría un niño de primaria, conocimiento del medio.


[1] Como dice un amigo mío, cuando los abogados decimos “jurisdicción” en realidad queremos decir “país”.

Más información sobre el Latin American Desk de Cuatrecasas, Gonçalves Pereira.

Sigue a Jaime Llopis: @jaimellopis

Breaking out in a cold sweat is what happens when, as a regular speaker on topics relating to law and business in Latin America, an attendee at a talk you are giving asks you the following: “I want to ask you a question regarding legal certainty in…”

A lot has been written on legal certainty, and its important role in the progress of a society, and in the promotion and success of foreign investment, e.g., a chapter in this publication, which I modestly mention, and this book, which I particularly like. Therefore, in this first entry in the Latin American section of our blog, we do not intend to carry out an elaborate theoretical analysis on this topic, but to air ideas inciting all those practicing law and the promoters of investment projects to reflect on a recurring topic in this geographical context (which, incidentally, is currently divided by more than just the Andes mountain range).

First idea: Legal certainty in the business world is an individual and transitory value. In other words, it is of little use to be told that a country is very well placed in legal certainty rankings when that country expropriates your property or does not allow you to update your rates, and you do not have access to efficient solutions there. Or, although less probable, your project is not necessarily destined to fail because the country in question frightens foreign investors away with its arbitrary decisions. And, to top it all, things will not necessarily always be the same. We must also consider the transaction costs associated with the (foreseeable) lack of legal certainty and who will be paying for these. Another issue is that of acting diligently while ignoring the information in the rankings and the evident correlation, e.g., see here.

Second idea: Legal certainty is not only a legal issue. Let us suppose that there are general, clear and stable laws; independent and swift-acting courts; and public authorities that are not invasive or acquisitive, all of which, when put through a quality test, pass with flying colors. Based on this, can you assume that you will find trustworthy partners for your business projects (the local business partner: two years thinking about him or her and the rest of your life thinking about his or her mother), efficient advisors (that offer reasonable prices and useful advice and, if possible, within the deadline) and loyal clients and consumers (that recognize market differences and are willing to pay for these)? Can you presume that an adequate legal climate in a country means a legal culture in accordance with your partners, advisors and clients? I have always liked how Carothers explained this idea: “law is also a normative system that resides in the minds of the citizens of a society.” Perhaps it is because they do not all know English that not all of the stakeholders in a project, depending on which country they are based in, are going to have Carothers’ definition in their minds when making decisions.

Third idea: Legal issues are not everything. Now you are asking “Did I read that correctly, published in a law firm’s blog?” Let me explain to avoid misinterpretations: I do not refer to alternative, informal or heterodox practices, or to shortcuts or any other synonym of corruption. Zero tolerance for that crippling curse corruption. If you have doubts, see this map. I refer to legal issues (the specific issues of a project and the general issues of the jurisdiction [1]) being an element, but no more than one element, of the many elements required to form a business plan, together with the availability of human resources, commercial strength, costs and margins, competition, and access to technology, innovation and financing… In the deliberation of the business risk, the weight of the legal risk (or the regulatory risk, if you like, to avoid misinterpretations) should be analyzed on a case-by-case basis and, perhaps in some cases, even dismissed (by the entrepreneur, of course). I believe that it should be obligatory, during the first weeks of law school, to watch and discuss a number of movies, such as The Social Network : my theory is that, if Zuckerberg had had a lawyer by his side, he would not have had to pay compensation of millions of dollars to the brothers from whom he stole his idea, but if he had had a lawyer by his side, Facebook would not exist.

I often tell my clients, half jokingly, half seriously, that I do not know what the recipe for success of a project in Brazil is but that I do know which ingredient is in included in all recipes: money (known in Brazil colloquially as la grana, in Mexico as la lana and in Argentina as la guita). Let me finish by mentioning two factors that do not guarantee the success of a business project in Latin America but which we observe in retrospect in (almost) all cases: planning and, as a primary school child would say, social and environmental knowledge.

[1] As a friend of mine says, when lawyers say “jurisdiction” they really mean “country.”

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